Cómo tratamos las crisis

Terremoto, crisis, ruptura… Son adjetivos a través de los cuales las personas intentan poner en palabras vivencias psicológicas dolorosas, imprevistas, duras, incontrolables… que se salen de lo que estamos habituados a vivir. Pero, ¿cómo tratamos las crisis?

Todos en un momento u otro enfrentamos aquello que se sale de lo “normal”, que no controlamos, que nos sorprende, y que hace que todo lo que nos funcionaba hasta la fecha, no funcione a partir de ese momento de crisis.

En este sentido, una crisis, entendida como el momento en que surge un importante malestar psicológico, venga provocada por un fenómeno externo (separación, enfermedad, cambio imprevisto…) o venga directamente de nuestro interior sin que nada externo haya cambiado, siempre nos genera sensaciones muy dolorosas (a veces casi inaguantables) de angustia, desesperación, tristeza, incertidumbre…

Siendo cierto lo que comentábamos anteriormente de la intensidad y lo difícil de transitar determinadas emociones (sobre todo aquellas que tienen que ver con la angustia), el enfoque de tratar de reducir el malestar causado por esa crisis a toda cosa -incluso químicamente- sin poder plantear ningún cuestionamiento de porque determinada vivencia nos ha desequilibrado tanto, o de porque -y que significa para nosotros- determinada constelación de síntomas que ha emergido de nuestro interior; es errado en el fondo, a pesar de pretender aliviar de manera inmediata el sufrimiento de las personas.

En este sentido, el tratamiento y la orientación psicológica tienen que poder poner un interrogante en el malestar que se siente debido a la crisis, poniendo precisamente a la persona que lo sufre en disposición de realizar un recorrido personal que le permita cambiar cosas: si no hay preguntas, cuestionamientos, revisión de áreas de la vida (precisamente porque hay cosas que no encajan o se han desencajado) difícilmente habrá un cambio interno que parta de la persona consultante, que es el único cambio que realmente puede llegar a curar.

Si la opción del tratamiento es -solo- tragarse una pastilla, o suprimir determinados pensamientos y emociones y cambiarlos por otros “más correctos”, sin poder abrir verdaderos cuestionamientos de temas muy centrales en la vida, es difícil que se den cambios verdaderos y profundos que puedan hacer otra cosa de este malestar; por otra parte, alivios, alivios hay muchos, y de muchos tipos, pero no tienen que ver con un trabajo real de progreso y maduración de la persona.

En este sentido, los problemas que suelen plantearse al trabajo tienen que ver con que este tipo de intervenciones suelen ser más largas en el tiempo (se trata de desanudar nudos a veces muy antiguos y consistentes) e implican una participación y una implicación distinta de la persona mucho más allá de hacer lo que se le ordena -o incluso de plantear que el profesional es el que tiene el saber de una manera monolítica y sin matiz-.

Efectivamente es un enfoque que implica que la persona se vaya movilizando, y eso puede tener incomodidades y algún dolor por el camino –o generar resistencias en las personas del entorno, en tanto en cuanto la persona consultante se va liberando de determinados papeles y posiciones-, pero se trata de dar la palabra a la persona para empoderarla y hacerla protagonista de su propia historia, dado que contemplamos que nuestros pacientes, siempre según sus propias posibilidades, tienen la capacidad para hacerlo. El prescribir, ordenar, sugestionar, pautar, enseñar, sin permitir al otro desplegar todas sus cosas es una manera de no tenerle en cuenta y no creer en sus verdaderas posibilidades.

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